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Los espías de Los Andes, durante la campaña de San Martín

noviembre 13, 2009 1 comentario

La campaña de los Andes que estaba preparando San Martín en 1816 no se podía planear sobre la base de ideas, había que manejarse sobre terreno seguro. Por eso mismo San Martín contó con los profesionales del secreto, a fin de rastrear pasos desconocidos en la cordillera que le permitieran una marcha tranquila en su cruce de los Andes. No solamente esto, sino que los espías le permitieron saber las claves militares del enemigo, guardias y hasta el estado psicológico de los pueblos a los que iba a liberar.

El propio gobierno de Buenos Aires le recomendó a San Martín la utilización de espías. El Director supremo Ignacio Álvarez Thomas le decía a San Martín el 10 de mayo de 1815, que “en acuerdo de esta fecha he resuelto que los oficiales D. Diego Guzmán y D. Ramón Picarte pasen al Estado de Chile con el importante fin de promover en él la insurrección contra el gobierno español, y que informen a usted de cuantas noticias crean interesantes…”.

Este Diego Guzmán, bajo el seudónimo de Víctor Gutiérrez, fue uno de los mejores agentes de San Martín en Chile y logró enviar al Libertador una lista muy completa de la tropa, armamento y disciplina del enemigo. También le pasaba los nombres de los oficiales enemigos de mayor influencia, y el panorama general de Chile, en cuanto a organización política.

Como no había muchos agentes capacitados, San Martín adopto dos sistemas clásicos de inteligencia: el celular y el radial. Con el sistema celular podía encarar operaciones en áreas grandes y flexibles, se utilizaba para buscar información sobre el ejército hispano. El segundo sistema sólo lo aplicaba para misiones muy especiales en lugares distantes o de difícil acceso.

Un ejemplo del sistema radial son las operaciones de Juan Pablo Ramírez, alias Antonio Astete; que informó a San Martín sobre varios detalles de sumo interés sobre el terreno donde se llevaría a cabo la batalla de Chacabuco.

El sistema celular o de células fue el más usado y consistía en centros de espionaje divididos en células, las cuales se situaban en las casas de patriotas chilenos que tenían la confianza de los españoles. En ciudades como Santiago, Coquimbo, Concepción, Talca y Curicó.

¿Quiénes eran?

Los agentes eran por lo general emigrados chilenos, muchos de los cuales pertenecían a familias de clase alta, y eran voluntarios en estos trabajos. Esto facilitaba la infiltración.

Grandes espías fueron Manuel Rodríguez, alias El Español o Alemán; Antonio Merino, alias El Americano; Jorge Palacios, alias El Alfajor; y muchos más. Estos no tuvieron un lugar en los manuales de historia, pero gracias a ellos se llevó a cabo el gran cruce de los Andes con todo éxito.

Manuel Rodríguez fue tal vez el mejor de los espías de San Martín; era abogado. En su desempeño como espía se encargó de enviar informes sobre la formación y actividad de los ejércitos hispanos, organizaba células de espionaje y subversión. Su cabeza tenía precio, y bastante alto. Participó en la batalla de Maipú; murió asesinado por un oficial español el 26 de mayo de 1818.

Otro de los grandes agentes de San Martín fue Domingo Pérez, el cual se encargaba, bajo la cobertura de un hombre de negocios que viajaba entre Chile y Mendoza, de los enlaces entre el mando de San Martín y las células infiltradas en territorio enemigo.

El engaño

No sólo se organizaban redes de espionaje con el fin de conseguir información, sino que también se engañaba al enemigo, mediante señales e informaciones falsas. La intriga política.

Un ejemplo curioso de la intriga política, es el del Dr. Antonio Garfias. Éste, que era un agente prorealista, El 23 de enero de 1816 se fuga de Buenos Aires. El gobierno se enteró de que se dirigía a Chile. Los conocimientos que tenía Garfias sobre el estado de las Provincias Unidas del Plata era muy bueno, así que por eso el gobierno temió su divulgación. Por carta se dan instrucciones a San Martín de que desprestigie a Garfias en Chile mediante sus agentes. “Haga usted esparcir la voz -dice el comunicado- por medio de sus agentes en Chile, de que este individuo lleva comisión reservada de este gobierno y oportunamente remita V. S. al mismo algunas cartas con instrucciones aparentes, a fin de que caigan en manos de Osorio (el enemigo). Garfias arrojará contra sí la presunción de ser americano y esta circunstancia puede favorecer el proyecto…”. No necesito aclarar qué pasó con el pobre Garfias.

San Martín también enviaba correspondencia falsa sobre sus propias informaciones. Esto se hacía enviando correos, bajo la estricta orden de no resistirse ante el enemigo, con planes falsos de invasión. De esta forma Marcó del Pont, jefe español en Chile, dudó del lugar desde donde iba a llegar la invasión del Ejército de los Andes, ya que muchos correos capturados marcaban la parte sur de la cordillera como la mejor para el cruce.

San Martín también utilizaba a los indígenas para su campaña de informaciones falsas, ya que éstos estaban en contacto con los españoles y eran incapaces de mantener un secreto. Se les contaba detalles de los planes sabiendo que en pocos días estarían a oídos de Marcó del Pont.

Dobles agentes y contraespionaje

También estaban los famosos agentes dobles. Eran espías españoles que respondían al mando del sacerdote hispano Francisco López, que era espía de Marcó del Pont. Pero San Martín, cuidadosamente, los había dado vuelta, y les mandaba escribir informes que él mismo redactaba. De esta forma Marcó del Pont recibía cartas falsas a través de sus propios agentes.

La seguridad y el contraespionaje estaban bien cuidados por San Martín. Tenía todos los pasos a Chile vigilados, y nadie entrar en Chile sin tener un salvoconducto firmado por él. Logró detener y ubicar a muchos espías enemigos de esta forma, entre ellos al célebre padre López.

Un caso de contraespionaje lo tenemos en Miguel Castro, un sospechoso detenido en un puesto avanzado de la cordillera. Castro se hacia pasar por minero, pero al no poder justificar esa profesión, se lo mandó a Buenos Aires. Allí fue interrogado y se constató que no era ningún minero. Los espías eran casi todos voluntarios ad honorem, eran muy pocos los mercenarios que lo hacían por dinero, la gran mayoría lo hacía por puro patriotismo. De todos modos San Martín les mandaba dinero para comprar soplones y para gastos. No se sabe si utilizaban códigos, claves, cifrados o alguna otra forma de disimular el mensaje, pero no sería extraño que lo hicieran. Los españoles lo hacían utilizaban un sistema simple que consistía en remplazar las letras por números, separando las palabras con comas, y poniendo puntos en cualquier lado solo para despistar.

La correspondencia se llevaba por medio de caballos y mulas, pero también existen pruebas de que utilizaban palomas mensajeras: “…vuestra correspondencia ha de continuar si no por esa vía será por los aires…” dice el agente Segovia en una carta enviada a San Martín.

Los españoles también tenían espías, y los utilizaban con abundancia. En 1814 Belgrano identificó a uno, un tal Ramón quien se había hecho pasar por enfermo y había conseguido un pasaporte firmado por el mismo creador de la bandera. San Martín arrestó también a varios espías españoles.

Gracias a todos estos héroes anónimos se evitaron muertes innecesarias, campañas fracasadas y el predominio del poder español en estas latitudes.

Para saber más:

Alonzo Piñeiro, Armando. La historia argentina que muchos argentinos no conocen. Buenos Aires. Depalma, 1992.

Cañás, Jaime. “Los espías de San Martín”. En: Todo es Historia. Buenos Aires, N° 16, agosto de 1968.

Vía: Desventuras de la Historia

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La chulería de un argentino

agosto 25, 2009 1 comentario
Juan Baigorri junto a su máquina de hacer llover

Juan Baigorri junto a su máquina de hacer llover

Muchos científicos siempre han arrastrado entre sus defectos un exceso de soberbia y una sobreestimación de su trabajo. Si a esto le unimos la chulería y egocentrismo que ostentan algunos argentinos, surge la historia del ingeniero Juan Baigorri Velar, nacido en la provincia de Entre Ríos en 1891.

Baigorri ideó una máquina que según explicaba medía el potencial eléctrico y las condiciones electromagnéticos de la tierra, haciendo llover donde quisiera. Sien embargo, afirmaciones tan rotundas y chulescas del entrerriano debieron tocar las narices al director del Servicio de Meteorología Nacional quien le tachó de mentiroso. Sin cortarse un pelo, el ingeniero anunció que el 2 de enero de 1939 llovería sobre Buenos Aires, además de regalar con un paraguas al incrédulo meteorólogo. Aquel día, todos los bonaerenses vieron caer una copiosa lluvia sobre su ciudad.

Para más información:

Africanos en Buenos Aires: los otros desaparecidos

octubre 19, 2008 1 comentario

Reproduzco a continuación un artículo relacionado con una investigación que estoy realizando en relación con la población negra de argentina en el primer cuarto del siglo XIX. El artículo fue escrito por Roberto Morini, y extraído de El Corresponsal de Medio Oriente y África.

La “Argentina blanca” vuelta una nación moderna por el cruce del criollo con inmigrantes europeos ¿buscó ocultar su pasado africano, las huellas del negro en su sangre, la marca del esclavo? La respuesta no es totalmente segura, aunque si ese propósito ocurrió casi tuvo un éxito completo.

Pero las huellas reaparecen, titánicas, y afloran desde lo antiguo. Recientemente, un arqueólogo urbano que trabaja con los restos del subsuelo de Buenos Aires, Daniel Schavelzon, ha desenterrado ollas, pipas, piedras rituales, objetos de hueso, utilizados por africanos en la época colonial. La “Argentina negra” aflora, regresa cada tanto del fondo de la Historia y se muestra, como triste victoria tardía.

Los negros eran el 33 por ciento de las 44.000 personas que habitaban Buenos Aires en 1810, pero hacia 1887 ya eran sólo el 2 por ciento de la población.

Durante la mayor parte del siglo veinte, los ahora llamados afroargentinos parecieron haber desaparecido, hasta que en años recientes un nuevo flujo migratorio, este vez voluntario, hizo acrecentar de nuevo su presencia.

El comercio esclavista

Ya a partir de 1660, provenientes sobre todo del puerto angoleño de Loanda, pero también desde Guinea, Senegal, Cabo Verde, Nigeria y Togo, y en su mayoría pertenecientes a pueblos de origen bantú, centenares de esclavos fueron desembarcados en el puerto de Buenos Aires, lugar de confinamiento, subasta y distribución. En este sentido, si bien el porcentaje de negros llegados a estas costas iba a ser menor que en otros puntos de América, la ciudad alcanzaría tales niveles como plaza reexportadora de esclavos hacia Potosí, hacia Chile y al interior argentino, que prominentes comerciantes locales se enriquecieron con este tráfico.

El Cabildo de la ciudad, un céntrico edificio de clara arquitectura colonial que, por haber sido el asiento geográfico de la Revolución de Mayo, hoy es uno de nuestros símbolos históricos y patrióticos, era entonces el sitio de las almonedas públicas, donde mujeres y hombres casi desnudos, adultos y niños traídos violentamente desde Africa con marcas de hierro candente en sus cuerpos, expuestos aquí a enfermedades y bajas temperaturas desconocidas para ellos, se convertían en piezas de la oferta y la demanda de los concurrentes.

¿Los posibles compradores? Familias pudientes, órdenes religiosas y negociantes que enviaban su mercadería a las minas de Potosí, en la actual Bolivia. Buenos Aires no era entonces más que un pueblo de 400 casas de barro y paja, pero rápidamente se convirtió, junto con la vecina Montevideo, en uno de los dos grandes centros distribuidores de la trata rioplatense.

Se lee en un documento de un comprador de la época: “(…) los dichos esclavos para que los pueda sacar, trajinar y vender libremente por esta provincia (Buenos Aires), la del Tucamán y la del Paraguay”. Otros destinos fueron la provincia de Córdoba, la de Mendoza y la de Catamarca.

En zonas rurales, las tareas en las haciendas coloniales propiedad de laicos, jesuitas y otras órdenes, estaban a cargo de mano de obra esclava, negra o mulata. La Compañía de Jesús, el Estado español por medio del Cabildo, las familias principales, los grandes comerciantes e incluso las capas medias de la población, fueron, si se los considera en conjunto, dueños de miles de africanos a su servicio.

Hacia mediados del siglo diecinueve comienza la desaparición o disminución del africano en Buenos Aires, por diversas causas no enigmáticas, sino, de acuerdo con la investigación histórica, razonadamente comprobables. Empieza a producirse un encadenamiento de factores, como la prohibición de la trata de esclavos en 1812, y el punto final definitivo a ese comercio en 1840, hechos que originan una reducción en el ingreso de africanos. Otro factor es la muy elevada tasa de mortalidad negra, en especial la infantil.

La vida de los africanos que sobrevivieron en el Buenos Aires antiguo conocía también de castigos. Uno característico, luego de alguna falta o por disconformidad del amo, era el de ser azotado junto a los muros del Cabildo, a modo de lección pública. Los trabajos o oficios más comunes para ellos eran: escobero, aguatero, pastelero, lavandera, jornalero, vendedor, músico, amas de leche para niños blancos.

De 1776 a 1810 un tercio de los esclavos de Buenos Aires consiguió comprar su libertad, procedimiento conocido como manumisión, para lo cual el individuo africano debía esforzarse por reunir, muchas veces con ayuda de su familia, del barrio o de una cofradía, los cuatrocientos pesos en que estaba tasado.

Tres tipos básicos de agrupaciones de africanos comenzaron a constituirse en aquel Buenos Aires ya en tiempos del Virreinato: las cofradías, las naciones y las sociedades. El control de estas agrupaciones fue ejercido primero por la Iglesia y posteriormente por la policía. Su expresión principal eran los bailes públicos, con cuya recaudación solventaban los gastos de misas, funerales y ayuda a los enfermos.

El sostenimiento de la tradición en los afroporteños consitituyó un espectro amplio, profundo en su aspiración de salvaguarda, hecho de costumbres y rituales públicos y privados; por ejemplo, mediante el canto y la música. De forma intermitente dichos bailes públicos pasarían por épocas de prohibición y libertad. Vinculado con fuerza al ritual celebratorio, pero también al religioso e incluso al funerario, el candomble fue, no obstante, tachado algunas veces de danza lujuriosa, salvaje y con potencial subversivo. De esa natural heterodoxia se deriva una hipótesis sugerente: la fiesta colectiva negra llamada candombe, desarrollada sólo por los afroporteños, con el tiempo parece haber dado lugar a otros ritmos, bailes clandestinos y de suburbio en donde se introducen también los blancos pobres. Caracterizada como “una burda pero exitosa imitación por los compadritos blancos de los bailes negros, surge entonces la milonga. A su vez, la milonga se convertirá en una especie de etapa musicológica preliminar para el surgimiento del tango.

Habrá que esperar bastante, hasta los postreros años del siglo veinte, para observar una tibia recuperación de la visibilidad del africano en Buenos Aires, ahora una ciudad de imposible comparación con aquella aldea colonial.

A partir de finales de la década de los ochenta, una marcada afluencia de inmigrantes del Africa Occidental, esta vez por voluntad propia, comienza a arribar a Buenos Aires. Este nuevo flujo migratorio se caracteriza porque su punta de lanza son los varones jóvenes.

Fuente: El estudiante de historia