La literatura en la formación de las leyendas del Nuevo Mundo

Desde el nacimiento de la humanidad, el ser humano ha sido un eterno buscador de quimeras y verdades. En su recorrido hacia el descubrimiento de lo imposible lo llevaba al encuentro de nuevas incógnitas, y al no tener una explicación plausible para explicar la nueva realidad a la que se enfrentaba, surgieron los mitos. Tras el descubrimiento por parte de Cristóbal Colón del Nuevo Mundo un 12 de octubre de 1492, el continente americano se abría como una flor carnívora a todo tipo de especulaciones con las que los conquistadores y exploradores del Viejo Mundo intentaron encontrar una explicación a la realidad tan sorprendente y tan alejada de los cánones occidentales. Y de este modo surgieron las leyendas novomundinas: El Dorado, el Paititi o los moxos, las amazonas, la Ciudad de los Césares, las siete ciudades de Cíbola y así un largo etcétera. Para todo ello, los conquistadores echaron mano del bagaje cultural que las había acompañado desde su país de origen: los mitos bíblicos y grecorromanos, los confusos concimientos sobre el Lejano Oriente y entre esta miríada de influencias los obras literarias, y más concretamente las novelas de caballerías y de naufragios.
Ilustración del libro El Nuevo y desconocido mundo: o Descripción de América y del Sur  (Amsterdam, 1671)

Expresiva ilustración del libro El Nuevo y desconocido mundo: o Descripción de América y del Sur (Amsterdam, 1671)

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El origen de la laca

El primer bote de laca salió de la factoría de la Chase Products Company en Broadview, Illinois, en 1948. En su fabricación se usaban polímeros utilizados también para pegar las capas de madera contrachapada, aunque su efecto en el pelo, para fortuna de los variables gustos de las mujeres en estética, no era tan duradero. La laca revolucionó la peluquería: hizo posible muchos peinados (Marilyn Monroe, además de tinte, llevaba laca) y también para disimular algún trasquilón.

José de San Martín: el hombre y el general

diciembre 29, 2008 2 comentarios

don_jose_de_san_martin_1El militar argentino José de San Martín (1778-1850, a la derecha), considerado junto a Bolívar el libertador más importante de la Sudamerica colonial,  era un hombre de dos caras y por tanto de dos personalidades diferentes. Entre sus tropas tenía la fama de ser tan estricto como comprensivo, tal y como demuestra esta anécdota. Se cuenta que en una ocasión un soldado le largó: “Mi general. necesito hablar con don José de San Martín“. “Aquí me tienes” le respondió el apelado. Pero el subalterno le matizó: “No con el general, sino con el señor“. “¿En qué puedo ayudarte?”, inquirió ya molesto con tanto rodeo su  superior. “Anoche -le confesó el joven- perdí en el juego dos mil reales que eran propiedad del batallón. Le ruego que tenga compasión de mí“. El general saco el dinero de la mesa y se lo entregó al despilfarrador soldado advirtiéndole: “Pague usted lo que debe a la caja del batallón y guarde en secreto lo que José de San Martín acaba de hacer. Tenga por cierto que si el general San Martín se entera, le manda fusilar

El apóstol Santo Tomás en América

diciembre 28, 2008 Deja un comentario

Venerado como santo tanto por la Iglesia Católica como por la Ortodoxa, Judas Tomás Dídimo ha pasado a la posteridad por ser uno de los doce apóstoles de Jesús de Nazaret, de quien la tradición ha hecho que fueran primos de segundo grado. En su origen era un pescador del mar de Galilea de carácter depresivo y pesimista, destacando por su incredulidad, la cual le llevo a dudar de la Resurrección de su maestro. La Iglesia le ha atribuido la evangelización las regiones orientales allende el Imperio Romano, en especial de Siria, Persia e India, donde tras una vida de predicación murió en Mylapore, localidad de la actual ciudad de Madrás.

La duda de Santo Tomás, relieve del claustro de Santo Domingo de Silos.

La duda de Santo Tomás, relieve del claustro de Santo Domingo de Silos.

Desde el siglo XVI, comenzaron a circular versiones sobre una hipotética evangelización del apóstol Santo Tomás entre los nativos del Nuevo Mundo mucho antes del descubrimiento de América por Colón. La base de esta leyenda, introducida posiblemente en el continente sudamericano por los jesuitas, se encuentra en el recuerdo de los “indios predicadores”, santones hechiceros nativos y la certeza de que el apóstol habría predicado por Persia, Etiopía y las Indias Orientales.

Sello postal portugués, conmemorativo del 4ºcentenario del nacimiento de Nóbrega (1954)

Sello postal portugués, conmemorativo del 4ºcentenario del nacimiento de Nóbrega.

La mención más antigua de la leyenda conocida aparece en una obra alemana “Zeitung aus presillig (Brasilig) landt” y se reduce a unas lineas: <<…Notamse nesta gente reminiscencias de S.Thomé.>>. El verdadero impulsor de la leyenda fue Manuel de Nóbréga, (1517-1570) un misionero jesuita, fundador de las misiones de Brasil y primer obispo de la diócesis brasileña, quien en una carta dirigida en 1549 desde Salvador de Bahía al canonista de origen navarro Martín de Azpilcueta (1493-1586), en la que relataba que en muchas regiones brasileñas se daba por cierta la predicación de Santo Tomás por esas tierras. Años más tarde, el propio Nóbrega hallaría unas supuestas huellas de Santo Tomás, parecidas a las que el apóstol había dejado en Ceylán.

Otro participante en la leyenda fue el también hijo de San Ignacio Antonio Ruiz Montoya (1538-1652), uno de los principales misioneros jesuitas en el Paraguay, quien para subsanar el problema que planteaba la improbabilidad del viaje transoceánico del apóstol, defendió que Santo Tomás había llegado a la Bahía de Todos los Santos en: <<…embarcaciones romanas que por la costa de África tenían comunicación con la América o por milagro, que se puede tener por más cierto>>.

El último resplandor de la leyenda la protagonizaron tres mexicanos: el matemático e historiador  Carlos de Sigüenza y Góngora (1645-1700), quien defendió que el apóstol Santo Tomás no había predicado en la India sino en las Indias, poniendo como argumentos que el recuerdo de su figura había pervivido a través del dios mesoaméricano  Quetzalcóatl; José Ignacio Borunda (1740-1800), abogado nacido en Querétaro, publicó un alucinante escrito “Clave historial” a raíz del descubrimiento de ciertos objetos prehispanicos en la Plaza de la Constitución de Ciudad de México en 1790 en el curso de unas obras de remodelación,  donde propugnaba de nuevo la síntesis Santo Tomás-Quetzalcóatl además de sostener una delirante teoría según la cual un famoso cuadro de la Virgen de Guadalupe estaba pintado sobre la capa del apóstol; y finalmente, el padre dominico Servando Teresa de Mier (1763-1827), quien acepto las teorías de Ignacio Borunda exponiéndolas en un famoso sermón que pronunció en Ciudad de México el 12 de diciembre de 1794 ante numerosas autoridades novohispanas, entre las que se contaban el Virrey y el Arzobispo de México, y que le valió un destierro por diez años a la localidad cántabra de Las Caldas ya que había cuestionado la legalidad de la conquista castellana del continente americano. Ya se palpaba en el ambiente las ideas revolucionarias que desembocarían en las guerras de independencia hispanoamericanas.

Fuentes:

El mar de los Sargazos

diciembre 20, 2008 3 comentarios
Serpiente de mar, según Gesner, 1598.

Serpiente de mar, según Gesner, 1598.

Los principales mitos y leyendas de la conquista del Nuevo Mundo se cristalizaron en los primeros siglos del descubrimiento. Los conquistadores, en su mayoría iletrados y sin formación (El conquistador y explorador extremeño Francisco Pizarro era, antes de su paso al Nuevo Mundo, un analfabeto  dedicado a cuidar cerdos); deslumbrados y atemorizados intentaron ante esas exuberantes tierras a las que intentarían encontrar una explicación. Así que echaron mano del bagaje cultural que habían traído desde el Viejo Mundo basado en un popurrí empapado del imaginario pagano y medieval, con una débil patina eclesiástica. Y poco a poco se produjeron los mitos geográficos como la Fuente de la Eterna Juventud, la California, el Dorado, el País de la Canela, etc…; Leer más…

Africanos en Buenos Aires: los otros desaparecidos

octubre 19, 2008 1 comentario

Reproduzco a continuación un artículo relacionado con una investigación que estoy realizando en relación con la población negra de argentina en el primer cuarto del siglo XIX. El artículo fue escrito por Roberto Morini, y extraído de El Corresponsal de Medio Oriente y África.

La “Argentina blanca” vuelta una nación moderna por el cruce del criollo con inmigrantes europeos ¿buscó ocultar su pasado africano, las huellas del negro en su sangre, la marca del esclavo? La respuesta no es totalmente segura, aunque si ese propósito ocurrió casi tuvo un éxito completo.

Pero las huellas reaparecen, titánicas, y afloran desde lo antiguo. Recientemente, un arqueólogo urbano que trabaja con los restos del subsuelo de Buenos Aires, Daniel Schavelzon, ha desenterrado ollas, pipas, piedras rituales, objetos de hueso, utilizados por africanos en la época colonial. La “Argentina negra” aflora, regresa cada tanto del fondo de la Historia y se muestra, como triste victoria tardía.

Los negros eran el 33 por ciento de las 44.000 personas que habitaban Buenos Aires en 1810, pero hacia 1887 ya eran sólo el 2 por ciento de la población.

Durante la mayor parte del siglo veinte, los ahora llamados afroargentinos parecieron haber desaparecido, hasta que en años recientes un nuevo flujo migratorio, este vez voluntario, hizo acrecentar de nuevo su presencia.

El comercio esclavista

Ya a partir de 1660, provenientes sobre todo del puerto angoleño de Loanda, pero también desde Guinea, Senegal, Cabo Verde, Nigeria y Togo, y en su mayoría pertenecientes a pueblos de origen bantú, centenares de esclavos fueron desembarcados en el puerto de Buenos Aires, lugar de confinamiento, subasta y distribución. En este sentido, si bien el porcentaje de negros llegados a estas costas iba a ser menor que en otros puntos de América, la ciudad alcanzaría tales niveles como plaza reexportadora de esclavos hacia Potosí, hacia Chile y al interior argentino, que prominentes comerciantes locales se enriquecieron con este tráfico.

El Cabildo de la ciudad, un céntrico edificio de clara arquitectura colonial que, por haber sido el asiento geográfico de la Revolución de Mayo, hoy es uno de nuestros símbolos históricos y patrióticos, era entonces el sitio de las almonedas públicas, donde mujeres y hombres casi desnudos, adultos y niños traídos violentamente desde Africa con marcas de hierro candente en sus cuerpos, expuestos aquí a enfermedades y bajas temperaturas desconocidas para ellos, se convertían en piezas de la oferta y la demanda de los concurrentes.

¿Los posibles compradores? Familias pudientes, órdenes religiosas y negociantes que enviaban su mercadería a las minas de Potosí, en la actual Bolivia. Buenos Aires no era entonces más que un pueblo de 400 casas de barro y paja, pero rápidamente se convirtió, junto con la vecina Montevideo, en uno de los dos grandes centros distribuidores de la trata rioplatense.

Se lee en un documento de un comprador de la época: “(…) los dichos esclavos para que los pueda sacar, trajinar y vender libremente por esta provincia (Buenos Aires), la del Tucamán y la del Paraguay”. Otros destinos fueron la provincia de Córdoba, la de Mendoza y la de Catamarca.

En zonas rurales, las tareas en las haciendas coloniales propiedad de laicos, jesuitas y otras órdenes, estaban a cargo de mano de obra esclava, negra o mulata. La Compañía de Jesús, el Estado español por medio del Cabildo, las familias principales, los grandes comerciantes e incluso las capas medias de la población, fueron, si se los considera en conjunto, dueños de miles de africanos a su servicio.

Hacia mediados del siglo diecinueve comienza la desaparición o disminución del africano en Buenos Aires, por diversas causas no enigmáticas, sino, de acuerdo con la investigación histórica, razonadamente comprobables. Empieza a producirse un encadenamiento de factores, como la prohibición de la trata de esclavos en 1812, y el punto final definitivo a ese comercio en 1840, hechos que originan una reducción en el ingreso de africanos. Otro factor es la muy elevada tasa de mortalidad negra, en especial la infantil.

La vida de los africanos que sobrevivieron en el Buenos Aires antiguo conocía también de castigos. Uno característico, luego de alguna falta o por disconformidad del amo, era el de ser azotado junto a los muros del Cabildo, a modo de lección pública. Los trabajos o oficios más comunes para ellos eran: escobero, aguatero, pastelero, lavandera, jornalero, vendedor, músico, amas de leche para niños blancos.

De 1776 a 1810 un tercio de los esclavos de Buenos Aires consiguió comprar su libertad, procedimiento conocido como manumisión, para lo cual el individuo africano debía esforzarse por reunir, muchas veces con ayuda de su familia, del barrio o de una cofradía, los cuatrocientos pesos en que estaba tasado.

Tres tipos básicos de agrupaciones de africanos comenzaron a constituirse en aquel Buenos Aires ya en tiempos del Virreinato: las cofradías, las naciones y las sociedades. El control de estas agrupaciones fue ejercido primero por la Iglesia y posteriormente por la policía. Su expresión principal eran los bailes públicos, con cuya recaudación solventaban los gastos de misas, funerales y ayuda a los enfermos.

El sostenimiento de la tradición en los afroporteños consitituyó un espectro amplio, profundo en su aspiración de salvaguarda, hecho de costumbres y rituales públicos y privados; por ejemplo, mediante el canto y la música. De forma intermitente dichos bailes públicos pasarían por épocas de prohibición y libertad. Vinculado con fuerza al ritual celebratorio, pero también al religioso e incluso al funerario, el candomble fue, no obstante, tachado algunas veces de danza lujuriosa, salvaje y con potencial subversivo. De esa natural heterodoxia se deriva una hipótesis sugerente: la fiesta colectiva negra llamada candombe, desarrollada sólo por los afroporteños, con el tiempo parece haber dado lugar a otros ritmos, bailes clandestinos y de suburbio en donde se introducen también los blancos pobres. Caracterizada como “una burda pero exitosa imitación por los compadritos blancos de los bailes negros, surge entonces la milonga. A su vez, la milonga se convertirá en una especie de etapa musicológica preliminar para el surgimiento del tango.

Habrá que esperar bastante, hasta los postreros años del siglo veinte, para observar una tibia recuperación de la visibilidad del africano en Buenos Aires, ahora una ciudad de imposible comparación con aquella aldea colonial.

A partir de finales de la década de los ochenta, una marcada afluencia de inmigrantes del Africa Occidental, esta vez por voluntad propia, comienza a arribar a Buenos Aires. Este nuevo flujo migratorio se caracteriza porque su punta de lanza son los varones jóvenes.

Fuente: El estudiante de historia

Bajas en el desastre del 98

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Batalla de la colina de San Juan

Un siglo después del trágico conflicto, que conllevaría para España las perdidas de sus últimas colonias, los expertos se siguen sin poner de acuerdo en las cifras de fallecidos españoles. Sus estimaciones barajan entre 55.000 y 60.000 muertos. El 90% del total se debe a causa de enfermedades y epidemias como la malaria, la disentería o la fiebre amarilla; el 10% en combate o a causa de las heridas producidas por este.

Los mambises, guerrilleros antiespañoles cubanos, perdieron aproximadamente 5.000 hombres.

Las autoridades norteamericanas aceptaron las cifras de 2.136 fallecidos (370 en combate, los 166 del hundimiento del USS Maine y el resto a causa de las enfermedades) y unos 1700 heridos. Durante la rebelión de los tagalos en Filipinas: un millar de muertos y una cifra algo superior de heridos.