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La Sierra de la Plata y el Rey Blanco

noviembre 15, 2009 Deja un comentario

(Vía: Desventuras de la Historia)

Los guaraníes de la costa brasileña contaban que muy al occidente estaba la riquísima tierra de los caracaraes, dominio del Rey Blanco, en donde había una gran sierra de plata (no rica en plata sino maciza) ríos de oro y maravillas indecibles. Entrando por el Río de la Plata se podían cargar los barcos con metales preciosos, aún lo más grandes. Los súbditos del Rey Blanco llevaban coronas de plata en la cabeza y planchas de oro colgadas al cuello.

Muchos exploradores españoles fueron deslumbrados por las constantes noticias que daban los indios sobre la Sierra de la Plata y del imperio grandioso que se hallaba hacia el occidente ignoto, custodiado por un gran dragón invencible. A este dragón bien lo podría representar la impenetrable selva del gran Chaco, y como veremos mas adelante fue finalmente vencido.

Su origen

Los incas irradiaron esplendor y riqueza por toda América del Sur; en tiempos anteriores a la conquista española.

Los guaraníes realizaron grandes emigraciones hacia las tierras incaicas del Perú con ánimo de conquista, pero fueron expulsados. Algunos, en su regreso, se establecieron en el gran Chaco y en las tierras paraguayas. Ya en las costas del Brasil, se encargaron de divulgar la fama de la Sierra de la Plata, de las ricas minas de Charcas. La noticia era cierta, pero deformada por el reflejo incaico, y mal calculada en su distancia del cerro Saigpurum, luego descubierto y llamado Potosí por los españoles.

Primera búsqueda

Corría el año 1516, y tres naves volvían a España por el río Paraná Guazú tras haber descubierto este inmenso río al que Juan Díaz de Solís llamó Mar Dulce. Los huesos del gran Capitán quedaron junto con los de varios compañeros en esas playas, luego de una matanza seguida de un ritual antropofágico de la cual sólo se salvó, de todo el grupo de desembarco, el grumete Francisco del Puerto. Luego, la pequeña flota pasó, sin su Almirante, junto a la isla Yurúminrín que más tarde Sebastian Caboto bautizaría con el nombre de Santa Catalina, en la costa del Brasil. Una de las carabelas, retrasada, naufragó en el Puerto de los Patos, la costa frente a la isla; quedaron ahí abandona-dos dieciocho tripulantes.

Estos náufragos se enteraron de la historia de la Sierra de la Plata. Uno de ellos, Alejo García, decidió realizar una expedición en su busca. Hay que aclarar que estos españoles eran náufragos en tierra indígena, y que estaban a casi dos mil kilómetros de Potosí. El audaz Alejo García, con cuatro de sus compañeros, logró alistar a varios cien-tos de guaraníes, algo que no le costó mucho, ya que éstos realizaban migraciones cada determinada cantidad de años hacia esa zona. La expedición cruzó las extensas selvas brasileñas y logró llegar a las sierras de Potosí, la ansiada Sierra de la Plata. Corrieron muchos peligros y guerrearon contra numerosos indígenas a su paso. Cuando García volvía de esta arriesgada expedición, cargado de oro y de plata, fue atacado y muerto por indígenas, y su expedición deshecha. Sólo algunos guaraníes y un hijo (americano) de García lograron regresar al Puerto de los Patos, donde estaban los demás náufragos a quienes les contaron las maravillosas historias sobre las inmensas riquezas y la muerte de sus compatriotas, que luego recorrerían la costa brasileña. Se cree que esta expedición ocurrió no mucho antes de la llegada de Caboto al Río de la Plata, hacia 1525.

La codicia

Las noticias de la Sierra de la Plata corrían por toda la costa del Brasil, desde Pernambuco hasta el Río de la Plata, el cual obtiene su nombre por ser la vía más rápida hacia la famosa sierra, y no porque hubiera plata en sus costas. Estas noticias habían llegado a España en las naves de Solís; del portugués Cristóbal Jacques, que se encontró con el grumete Francisco del Puerto (sobreviviente de la matanza de Solís) en el Río de la Plata; de Rodrigo de Acuña; y de aquel castellano que en 1521 habló con nueve náufragos de Santa Catalina y subió por el Río de la Plata un buen trecho. Estas buenas nuevas y los rumores sobre el imperio incaico se habían extendido por la costa brasileña hasta la boca del inmenso río de Solís. Y habían llegado hasta España “clavándose como una obsesión en la mente de Sebastián Caboto”.

Caboto firma con el rey de España una capitulación para ir a las islas Molucas (en el sudeste asiático). Llegó a la costa del Brasil el 3 de junio de 1526; fondeó en Pernambuco, una factoría portuguesa. Durante su larga estancia allí, Caboto decidió, si no lo había hecho en España, explorar el río descubierto por Solís. Había obtenido bastante información sobre la existencia de grandes cantidades de metales preciosos.  Anoticiado de la existencia de los náufragos de Solís, los recoge en su camino al Río de la Plata. Sólo quedaban dos, Enrique Montes y Melchor Ramírez, los cuales exageraron sobremanera las riquezas que existían en la zona del Plata.

¿Un río con plata?

En el Río de la Plata sólo encontraron hambre y desastres. Con las mismas “riquezas” se encontró Diego García de Moguer (ex-integrante de la expedición de Solís), quien al igual que Caboto, había conseguido la capitulación para ir a las Molucas, y la violaba igual que aquel, para explorar el Río de la Plata atraído por las riquezas de la famosa sierra. Caboto y García regresaron a España sin poder encontrar nada, sólo llevaron consigo más leyendas que atraerían a más españoles al Río de la Plata.

Todas las noticias que llegaban del Perú y de la todavía esquiva Sierra de la Plata, prepararon la armada de don Pedro de Mendoza, la cual se hizo a la vela con más de dos mil hombres para defender la Raya de Tordesillas contra los avances de los portugueses, que por el Brasil pretendían alcanzar las minas peruanas.

El final de la leyenda

Mucho fue el hambre que se pasó luego de la fundación de Buenos Aires en 1536, como veremos más adelante. Juan de Ayolas, decidido a llegar a la Sierra de la Plata, se lanzó aguas arriba del Paraná. Poco más tarde salió Juan de Salazar de Espinoza llevando una ayuda que no pudo llegar a tiempo.

Desde el alto Paraguay, Ayolas cruzó el Chaco, dejando en un puerto a Martínez de Irala con treinta y tres hombres. Luego de muchos contratiempos llegó a las minas de Charcas y, al igual que Alejo García años antes, cargó todo el oro y plata que pudo. Sus hombres estaban muy debilitados y eran pocos; esto decidió a los indígenas que los acompañaban a sublevarse y matarlos a palos estando muy cerca de la meta, como revelarían algunos “indios amigos”.

Mientras Salazar fundaba la actual Asunción del Paraguay, Irala llegaba hasta las mismas puertas del Perú, descubría que hacía tiempo que otros españoles dominaban esas tierras. El mito de la Sierra de la Plata se diluía en el olvido.

Para saber más:

Domínguez, Manuel. El alma de la raza.

Fernández de Castillejo, Federico. La ilusión de la conquista. Atalaya. Buenos Aires, 1945.

Fitte, Ernesto J. Hambre y desnudeces en la conquista del Río de la Plata. Academia Nacional de la Historia. Buenos Aires, 1980.

Gandía, Enrique de. Historia crítica de los mitos de la conquista de América.

Rubio, Julián María. Exploración y conquista del Río de la Plata : siglos XVI y XVII. Salvat, 1953.

La chulería de un argentino

agosto 25, 2009 1 comentario
Juan Baigorri junto a su máquina de hacer llover

Juan Baigorri junto a su máquina de hacer llover

Muchos científicos siempre han arrastrado entre sus defectos un exceso de soberbia y una sobreestimación de su trabajo. Si a esto le unimos la chulería y egocentrismo que ostentan algunos argentinos, surge la historia del ingeniero Juan Baigorri Velar, nacido en la provincia de Entre Ríos en 1891.

Baigorri ideó una máquina que según explicaba medía el potencial eléctrico y las condiciones electromagnéticos de la tierra, haciendo llover donde quisiera. Sien embargo, afirmaciones tan rotundas y chulescas del entrerriano debieron tocar las narices al director del Servicio de Meteorología Nacional quien le tachó de mentiroso. Sin cortarse un pelo, el ingeniero anunció que el 2 de enero de 1939 llovería sobre Buenos Aires, además de regalar con un paraguas al incrédulo meteorólogo. Aquel día, todos los bonaerenses vieron caer una copiosa lluvia sobre su ciudad.

Para más información:

Africanos en Buenos Aires: los otros desaparecidos

octubre 19, 2008 1 comentario

Reproduzco a continuación un artículo relacionado con una investigación que estoy realizando en relación con la población negra de argentina en el primer cuarto del siglo XIX. El artículo fue escrito por Roberto Morini, y extraído de El Corresponsal de Medio Oriente y África.

La “Argentina blanca” vuelta una nación moderna por el cruce del criollo con inmigrantes europeos ¿buscó ocultar su pasado africano, las huellas del negro en su sangre, la marca del esclavo? La respuesta no es totalmente segura, aunque si ese propósito ocurrió casi tuvo un éxito completo.

Pero las huellas reaparecen, titánicas, y afloran desde lo antiguo. Recientemente, un arqueólogo urbano que trabaja con los restos del subsuelo de Buenos Aires, Daniel Schavelzon, ha desenterrado ollas, pipas, piedras rituales, objetos de hueso, utilizados por africanos en la época colonial. La “Argentina negra” aflora, regresa cada tanto del fondo de la Historia y se muestra, como triste victoria tardía.

Los negros eran el 33 por ciento de las 44.000 personas que habitaban Buenos Aires en 1810, pero hacia 1887 ya eran sólo el 2 por ciento de la población.

Durante la mayor parte del siglo veinte, los ahora llamados afroargentinos parecieron haber desaparecido, hasta que en años recientes un nuevo flujo migratorio, este vez voluntario, hizo acrecentar de nuevo su presencia.

El comercio esclavista

Ya a partir de 1660, provenientes sobre todo del puerto angoleño de Loanda, pero también desde Guinea, Senegal, Cabo Verde, Nigeria y Togo, y en su mayoría pertenecientes a pueblos de origen bantú, centenares de esclavos fueron desembarcados en el puerto de Buenos Aires, lugar de confinamiento, subasta y distribución. En este sentido, si bien el porcentaje de negros llegados a estas costas iba a ser menor que en otros puntos de América, la ciudad alcanzaría tales niveles como plaza reexportadora de esclavos hacia Potosí, hacia Chile y al interior argentino, que prominentes comerciantes locales se enriquecieron con este tráfico.

El Cabildo de la ciudad, un céntrico edificio de clara arquitectura colonial que, por haber sido el asiento geográfico de la Revolución de Mayo, hoy es uno de nuestros símbolos históricos y patrióticos, era entonces el sitio de las almonedas públicas, donde mujeres y hombres casi desnudos, adultos y niños traídos violentamente desde Africa con marcas de hierro candente en sus cuerpos, expuestos aquí a enfermedades y bajas temperaturas desconocidas para ellos, se convertían en piezas de la oferta y la demanda de los concurrentes.

¿Los posibles compradores? Familias pudientes, órdenes religiosas y negociantes que enviaban su mercadería a las minas de Potosí, en la actual Bolivia. Buenos Aires no era entonces más que un pueblo de 400 casas de barro y paja, pero rápidamente se convirtió, junto con la vecina Montevideo, en uno de los dos grandes centros distribuidores de la trata rioplatense.

Se lee en un documento de un comprador de la época: “(…) los dichos esclavos para que los pueda sacar, trajinar y vender libremente por esta provincia (Buenos Aires), la del Tucamán y la del Paraguay”. Otros destinos fueron la provincia de Córdoba, la de Mendoza y la de Catamarca.

En zonas rurales, las tareas en las haciendas coloniales propiedad de laicos, jesuitas y otras órdenes, estaban a cargo de mano de obra esclava, negra o mulata. La Compañía de Jesús, el Estado español por medio del Cabildo, las familias principales, los grandes comerciantes e incluso las capas medias de la población, fueron, si se los considera en conjunto, dueños de miles de africanos a su servicio.

Hacia mediados del siglo diecinueve comienza la desaparición o disminución del africano en Buenos Aires, por diversas causas no enigmáticas, sino, de acuerdo con la investigación histórica, razonadamente comprobables. Empieza a producirse un encadenamiento de factores, como la prohibición de la trata de esclavos en 1812, y el punto final definitivo a ese comercio en 1840, hechos que originan una reducción en el ingreso de africanos. Otro factor es la muy elevada tasa de mortalidad negra, en especial la infantil.

La vida de los africanos que sobrevivieron en el Buenos Aires antiguo conocía también de castigos. Uno característico, luego de alguna falta o por disconformidad del amo, era el de ser azotado junto a los muros del Cabildo, a modo de lección pública. Los trabajos o oficios más comunes para ellos eran: escobero, aguatero, pastelero, lavandera, jornalero, vendedor, músico, amas de leche para niños blancos.

De 1776 a 1810 un tercio de los esclavos de Buenos Aires consiguió comprar su libertad, procedimiento conocido como manumisión, para lo cual el individuo africano debía esforzarse por reunir, muchas veces con ayuda de su familia, del barrio o de una cofradía, los cuatrocientos pesos en que estaba tasado.

Tres tipos básicos de agrupaciones de africanos comenzaron a constituirse en aquel Buenos Aires ya en tiempos del Virreinato: las cofradías, las naciones y las sociedades. El control de estas agrupaciones fue ejercido primero por la Iglesia y posteriormente por la policía. Su expresión principal eran los bailes públicos, con cuya recaudación solventaban los gastos de misas, funerales y ayuda a los enfermos.

El sostenimiento de la tradición en los afroporteños consitituyó un espectro amplio, profundo en su aspiración de salvaguarda, hecho de costumbres y rituales públicos y privados; por ejemplo, mediante el canto y la música. De forma intermitente dichos bailes públicos pasarían por épocas de prohibición y libertad. Vinculado con fuerza al ritual celebratorio, pero también al religioso e incluso al funerario, el candomble fue, no obstante, tachado algunas veces de danza lujuriosa, salvaje y con potencial subversivo. De esa natural heterodoxia se deriva una hipótesis sugerente: la fiesta colectiva negra llamada candombe, desarrollada sólo por los afroporteños, con el tiempo parece haber dado lugar a otros ritmos, bailes clandestinos y de suburbio en donde se introducen también los blancos pobres. Caracterizada como “una burda pero exitosa imitación por los compadritos blancos de los bailes negros, surge entonces la milonga. A su vez, la milonga se convertirá en una especie de etapa musicológica preliminar para el surgimiento del tango.

Habrá que esperar bastante, hasta los postreros años del siglo veinte, para observar una tibia recuperación de la visibilidad del africano en Buenos Aires, ahora una ciudad de imposible comparación con aquella aldea colonial.

A partir de finales de la década de los ochenta, una marcada afluencia de inmigrantes del Africa Occidental, esta vez por voluntad propia, comienza a arribar a Buenos Aires. Este nuevo flujo migratorio se caracteriza porque su punta de lanza son los varones jóvenes.

Fuente: El estudiante de historia

El origen del nombre “Tierra del Fuego”

Mapa de la obra de Garcia de Nodal y su Relación del reconocimiento del estrecho de Magallanes y el descubrimiento del estrecho de San Vicente. Fue impresa en 1621. Biblioteca nacional de España. En el aparece el estrecho de Magallanes.

Mapa de la obra de García de Nodal y su Relación del reconocimiento del estrecho de Magallanes y el descubrimiento del estrecho de San Vicente. Fue impresa en 1621. Biblioteca nacional de España. En el aparece el estrecho de Magallanes.

En octubre de 1520, en el viaje durante el cual Magallanes descubrió el Estrecho que hoy lleva su nombre y comunica el océano Atlántico con el Pacífico, los viajeros no tuvieron contacto con los nativos, en ninguna parte del trayecto de 334 millas náuticas.

Lo que vieron desde sus embarcaciones, sin embargo, fue una gran cantidad de fogatas hechas por hombres al sur de la entrada de dicho estrecho, en la isla que luego sería conocida como Isla Grande.Anne Chapman indica que es probable que los selk’nam que vieron esas -para ellos- sorprendentes embarcaciones encendieran fuegos para avisarles a otros nativos, tierra adentro, que algo fuera de lo común ocurría.

Chapman, reconocida antropóloga indica que sus informantes (descendientes de selk’nam) le confiaron durante alguna de sus múltiples estadías en la zona para el estudio de este grupo étnico, que los selk’nam encendían fuegos para efectuar señales en casos de emergencia. Esos fuegos fueron vistos por Magallanes y su tripulación, y de allí que la Isla Grande y demás islas al sur del estrecho fueran denominadas “Tierra del Fuego”.

Los selk’nam, por su parte, entablaron contacto con europeos por primera vez, al menos para los registros, en 1580, en una expedición comandada por el español Pedro Sarmiento de Gamboa.

Fuente: Los Selk’nam. Anne Chapman.

Vía: El estudiante de historia