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Africanos en Buenos Aires: los otros desaparecidos

octubre 19, 2008 1 comentario

Reproduzco a continuación un artículo relacionado con una investigación que estoy realizando en relación con la población negra de argentina en el primer cuarto del siglo XIX. El artículo fue escrito por Roberto Morini, y extraído de El Corresponsal de Medio Oriente y África.

La “Argentina blanca” vuelta una nación moderna por el cruce del criollo con inmigrantes europeos ¿buscó ocultar su pasado africano, las huellas del negro en su sangre, la marca del esclavo? La respuesta no es totalmente segura, aunque si ese propósito ocurrió casi tuvo un éxito completo.

Pero las huellas reaparecen, titánicas, y afloran desde lo antiguo. Recientemente, un arqueólogo urbano que trabaja con los restos del subsuelo de Buenos Aires, Daniel Schavelzon, ha desenterrado ollas, pipas, piedras rituales, objetos de hueso, utilizados por africanos en la época colonial. La “Argentina negra” aflora, regresa cada tanto del fondo de la Historia y se muestra, como triste victoria tardía.

Los negros eran el 33 por ciento de las 44.000 personas que habitaban Buenos Aires en 1810, pero hacia 1887 ya eran sólo el 2 por ciento de la población.

Durante la mayor parte del siglo veinte, los ahora llamados afroargentinos parecieron haber desaparecido, hasta que en años recientes un nuevo flujo migratorio, este vez voluntario, hizo acrecentar de nuevo su presencia.

El comercio esclavista

Ya a partir de 1660, provenientes sobre todo del puerto angoleño de Loanda, pero también desde Guinea, Senegal, Cabo Verde, Nigeria y Togo, y en su mayoría pertenecientes a pueblos de origen bantú, centenares de esclavos fueron desembarcados en el puerto de Buenos Aires, lugar de confinamiento, subasta y distribución. En este sentido, si bien el porcentaje de negros llegados a estas costas iba a ser menor que en otros puntos de América, la ciudad alcanzaría tales niveles como plaza reexportadora de esclavos hacia Potosí, hacia Chile y al interior argentino, que prominentes comerciantes locales se enriquecieron con este tráfico.

El Cabildo de la ciudad, un céntrico edificio de clara arquitectura colonial que, por haber sido el asiento geográfico de la Revolución de Mayo, hoy es uno de nuestros símbolos históricos y patrióticos, era entonces el sitio de las almonedas públicas, donde mujeres y hombres casi desnudos, adultos y niños traídos violentamente desde Africa con marcas de hierro candente en sus cuerpos, expuestos aquí a enfermedades y bajas temperaturas desconocidas para ellos, se convertían en piezas de la oferta y la demanda de los concurrentes.

¿Los posibles compradores? Familias pudientes, órdenes religiosas y negociantes que enviaban su mercadería a las minas de Potosí, en la actual Bolivia. Buenos Aires no era entonces más que un pueblo de 400 casas de barro y paja, pero rápidamente se convirtió, junto con la vecina Montevideo, en uno de los dos grandes centros distribuidores de la trata rioplatense.

Se lee en un documento de un comprador de la época: “(…) los dichos esclavos para que los pueda sacar, trajinar y vender libremente por esta provincia (Buenos Aires), la del Tucamán y la del Paraguay”. Otros destinos fueron la provincia de Córdoba, la de Mendoza y la de Catamarca.

En zonas rurales, las tareas en las haciendas coloniales propiedad de laicos, jesuitas y otras órdenes, estaban a cargo de mano de obra esclava, negra o mulata. La Compañía de Jesús, el Estado español por medio del Cabildo, las familias principales, los grandes comerciantes e incluso las capas medias de la población, fueron, si se los considera en conjunto, dueños de miles de africanos a su servicio.

Hacia mediados del siglo diecinueve comienza la desaparición o disminución del africano en Buenos Aires, por diversas causas no enigmáticas, sino, de acuerdo con la investigación histórica, razonadamente comprobables. Empieza a producirse un encadenamiento de factores, como la prohibición de la trata de esclavos en 1812, y el punto final definitivo a ese comercio en 1840, hechos que originan una reducción en el ingreso de africanos. Otro factor es la muy elevada tasa de mortalidad negra, en especial la infantil.

La vida de los africanos que sobrevivieron en el Buenos Aires antiguo conocía también de castigos. Uno característico, luego de alguna falta o por disconformidad del amo, era el de ser azotado junto a los muros del Cabildo, a modo de lección pública. Los trabajos o oficios más comunes para ellos eran: escobero, aguatero, pastelero, lavandera, jornalero, vendedor, músico, amas de leche para niños blancos.

De 1776 a 1810 un tercio de los esclavos de Buenos Aires consiguió comprar su libertad, procedimiento conocido como manumisión, para lo cual el individuo africano debía esforzarse por reunir, muchas veces con ayuda de su familia, del barrio o de una cofradía, los cuatrocientos pesos en que estaba tasado.

Tres tipos básicos de agrupaciones de africanos comenzaron a constituirse en aquel Buenos Aires ya en tiempos del Virreinato: las cofradías, las naciones y las sociedades. El control de estas agrupaciones fue ejercido primero por la Iglesia y posteriormente por la policía. Su expresión principal eran los bailes públicos, con cuya recaudación solventaban los gastos de misas, funerales y ayuda a los enfermos.

El sostenimiento de la tradición en los afroporteños consitituyó un espectro amplio, profundo en su aspiración de salvaguarda, hecho de costumbres y rituales públicos y privados; por ejemplo, mediante el canto y la música. De forma intermitente dichos bailes públicos pasarían por épocas de prohibición y libertad. Vinculado con fuerza al ritual celebratorio, pero también al religioso e incluso al funerario, el candomble fue, no obstante, tachado algunas veces de danza lujuriosa, salvaje y con potencial subversivo. De esa natural heterodoxia se deriva una hipótesis sugerente: la fiesta colectiva negra llamada candombe, desarrollada sólo por los afroporteños, con el tiempo parece haber dado lugar a otros ritmos, bailes clandestinos y de suburbio en donde se introducen también los blancos pobres. Caracterizada como “una burda pero exitosa imitación por los compadritos blancos de los bailes negros, surge entonces la milonga. A su vez, la milonga se convertirá en una especie de etapa musicológica preliminar para el surgimiento del tango.

Habrá que esperar bastante, hasta los postreros años del siglo veinte, para observar una tibia recuperación de la visibilidad del africano en Buenos Aires, ahora una ciudad de imposible comparación con aquella aldea colonial.

A partir de finales de la década de los ochenta, una marcada afluencia de inmigrantes del Africa Occidental, esta vez por voluntad propia, comienza a arribar a Buenos Aires. Este nuevo flujo migratorio se caracteriza porque su punta de lanza son los varones jóvenes.

Fuente: El estudiante de historia

Bajas en el desastre del 98

San Juan Hill by Kurz and Allison.JPG

Batalla de la colina de San Juan

Un siglo después del trágico conflicto, que conllevaría para España las perdidas de sus últimas colonias, los expertos se siguen sin poner de acuerdo en las cifras de fallecidos españoles. Sus estimaciones barajan entre 55.000 y 60.000 muertos. El 90% del total se debe a causa de enfermedades y epidemias como la malaria, la disentería o la fiebre amarilla; el 10% en combate o a causa de las heridas producidas por este.

Los mambises, guerrilleros antiespañoles cubanos, perdieron aproximadamente 5.000 hombres.

Las autoridades norteamericanas aceptaron las cifras de 2.136 fallecidos (370 en combate, los 166 del hundimiento del USS Maine y el resto a causa de las enfermedades) y unos 1700 heridos. Durante la rebelión de los tagalos en Filipinas: un millar de muertos y una cifra algo superior de heridos.

Katari, la serpiente alada de los aymara

Amaru (en quechua serpiente) o en aymara (también serpiente): Katari, es el nombre de una deidad, representada como una serpiente alada, con una cabeza de llama, ojos cristalinos y hocico rojizo, y una cola de pez.

Es una deidad que se relaciona con la economía de las aguas que riegan las tierras agrícolas, simbolizando la vitalidad del agua que permite la existencia del pueblo aymara. Así la deidad Amaru simboliza el agua que corre por los canales de irrigación, ríos y vertientes y que hacen posible que las semillas del cultivo se transformen en hortalizas. Además se dice que todo lo que compone la vida esta escrito en las escamas del Amaru.

Su fiesta se realiza en el mes de agosto, cuando se produce la limpieza de los canales de irrigación; siendo el jefe de familia quien oficia de celebrante. Los cultos de Amaru, Mallku y Pachamama son la más formas más antiguas de celebración que los aymaras aún realizan en la actualidad.

La noción de Amaru o de Katari asociado a las aguas ha tenido mutaciones y, en cuanto a “serpiente voladora” (algo que por convergencia es similar a las deidades mesoamericanas Kukulkan o Ketzalkoatl) también simboliza a las exhalaciones o rayos que caen del cielo (considerados muchas veces como fertilizadores de la tierra), de hecho el nombre quechua Túpac Amaru significa “Serpiente Ignea”, “Serpiente de Fuego” con el sentido de rayo.

En Tiwanaku (principal centro cultual y cultural aymara), en un qalawawa o monolito de piedra también se puede observar la figura de Amaru además de la de Mallku.

Vía: El estudiante de historia

Categorías:América precolombina, Mitología Etiquetas: , ,

El origen del nombre “Tierra del Fuego”

Mapa de la obra de Garcia de Nodal y su Relación del reconocimiento del estrecho de Magallanes y el descubrimiento del estrecho de San Vicente. Fue impresa en 1621. Biblioteca nacional de España. En el aparece el estrecho de Magallanes.

Mapa de la obra de García de Nodal y su Relación del reconocimiento del estrecho de Magallanes y el descubrimiento del estrecho de San Vicente. Fue impresa en 1621. Biblioteca nacional de España. En el aparece el estrecho de Magallanes.

En octubre de 1520, en el viaje durante el cual Magallanes descubrió el Estrecho que hoy lleva su nombre y comunica el océano Atlántico con el Pacífico, los viajeros no tuvieron contacto con los nativos, en ninguna parte del trayecto de 334 millas náuticas.

Lo que vieron desde sus embarcaciones, sin embargo, fue una gran cantidad de fogatas hechas por hombres al sur de la entrada de dicho estrecho, en la isla que luego sería conocida como Isla Grande.Anne Chapman indica que es probable que los selk’nam que vieron esas -para ellos- sorprendentes embarcaciones encendieran fuegos para avisarles a otros nativos, tierra adentro, que algo fuera de lo común ocurría.

Chapman, reconocida antropóloga indica que sus informantes (descendientes de selk’nam) le confiaron durante alguna de sus múltiples estadías en la zona para el estudio de este grupo étnico, que los selk’nam encendían fuegos para efectuar señales en casos de emergencia. Esos fuegos fueron vistos por Magallanes y su tripulación, y de allí que la Isla Grande y demás islas al sur del estrecho fueran denominadas “Tierra del Fuego”.

Los selk’nam, por su parte, entablaron contacto con europeos por primera vez, al menos para los registros, en 1580, en una expedición comandada por el español Pedro Sarmiento de Gamboa.

Fuente: Los Selk’nam. Anne Chapman.

Vía: El estudiante de historia

Recibir el pago de Chile

octubre 1, 2008 1 comentario

 

Del sentimiento de amor y odio que muchos chilenos sienten por Chile, una de las más curiosas expresiones populares es la que habla de “recibir el pago de Chile”, o del “pago de Chile” a secas. Recibir el pago de Chile es simplemente sufrir la ingratitud de quienes han recibido un servicio provechoso, no sólo siendo ignorados o ninguneados, sino incluso castigándoles y maltratándoles cuando se puede prescindir de sus valiosísimos servicios. Recibió Bernardo O’Higgins el pago de Chile, cuando después de tantos servicios prestados a la Patria durante su independencia y su gobierno, los aristócratas lo enviaron al exilio y jamás le permitieron volver. Y creen sufrir el pago de Chile muchos políticos que se amargan de que las cosas no se hagan exactamente como ellos quieren porque otras gentes se les oponen… Como suele ocurrir, no hay claridad sobre el origen de la expresión, y a falta de una, hay dos teorías sobre su génesis. 

La primera de ellas se remonta a los tiempos de la administración colonial hispánica. Estando Chile ubicado en la periferia del Imperio Español, los pagos muchas veces se retrasaban, los cobros se rechazaban, y las alegaciones no tenían fruto alguno. Empezó así a hablarse de la “paga del Rey”. Pero cuando se produjo la independencia, las cosas no anduvieron mejor con la burocracia estatal, en parte por lo extensísimo y accidentado del nuevo territorio a gobernar, y en parte por pura y simple desidia gubernamental. De manera que el “pago del Rey” se transformó en el “pago de la Patria”, y de ahí pasó a ser “el pago de Chile”. 

Pero el historiador Benjamín Vicuña Mackenna consigna otra versión. El dicho se habría originado en Lima, capital del Virreinato del Perú, al cual debía sujetarse administrativamente la Capitanía General de Chile. En ese tiempo Chile era la frontera misma del Imperio y no había más allá nada que no fueran los combativos mapuches. Además, a diferencia de la rica y señorial Lima, capital del Virreinato adornada con los ojos de sus hermosas damas limeñas, las ciudades chilenas no eran más que bucólicos villorrios en los cuales nunca sucedía absolutamente nada de comento. Y para colmo, la soldada llegaba tarde, mal y nunca. Dentro de la esfera militar, Chile era así el lugar de castigo al cual enviar a todo aquel que resultara demasiado incómodo en Lima, y pronto cualquier militar que se saltara repetidas veces la disciplina o tuviera la mala ocurrencia de meterse con la hija del que no debía, acababa recibiendo “la paga de Chile”, o sea, enviado al peor destacamento posible dentro de la jurisdicción del Virreinato… 

Vía: Blog Siglos Curiosos

Categorías:Chile, Expresiones, Sudamerica Etiquetas: